Qué bonita es la paz. La recuerdo como sólo la conocí antes de nacer.
Nos sentábamos los tres a desayunar, a ver una película, a comer sushi.
Caminábamos, hacíamos nuestra la ciudad. Yo era un acompañante para dos amantes, pero ambos me amaban también. Yo no creo haber creído jamás que eso podría deshacerse, por lo que lo tomé por sentado.
Todas las noches acurrucados. Todas las salidas a hacer cosas raras. Todas las veces que nos sentíamos tristes. Todas las veces que hubo una pelea. Todos los gatos que acariciamos. Todas las risas que compartimos. Todas las veces que nadie tenía una mano sin una mano tomándole. Todas las carreteras que tienen impresas nuestras marcas. Todas las plantas que fueron observadas por nuestros ojos. Todas las veces que los vi abrazados como para no separarse jamás. Todas las veces que hicimos comida en casa. Todas las veces que les serví café. Todas las veces que les pedí que se quedaran conmigo. Todas las veces que no lo hice. Todas las veces que di todo para que pudieran seguir. Todas las veces que se privaron de todo para estar conmigo. Todas las veces que, por poquito que fuera, éramos familia.
Éramos un muy precioso parche de naturaleza en el bosque. Un río, un helecho y una rana. Tomamos el tiempo por sentado, y se nos acabó. Pero durante todos esos minutos se formarmos las memorias más bonitas que tengo de una relación que no era la mía. A veces me sentí puesto al lado, a veces ignorado, a veces plenamente no amado por ver cómo dos personas se amaban de formas que no podían darme a mí, pero eso me permitió entender que el mundo no se trata de mí. Eran ellos. Ellos eran el mundo. Mi mundo.
Pero cuando las cosas estaban mal, siempre decidí optar por el helecho. La rana saltaría para sus fines, y el helecho estaba creciendo. "Siempre", dije "estaré contigo cuando estés mal".
Y de todas formas, durante un tiempo, el helecho y la rana me hicieron el caudal más completo del universo.
Quisiera volver al pasado y gritarles que se queden juntos, que pude ver lo que pasa cuando gana el miedo y el recelo, cuando gana la egolatría y el escape. Que pueden volar juntos, y que yo iré tras ellos. Era la única configuración en la que podría estar yo con el helecho, al que amo pero no puede amarme igual de vuelta, y con la rana, a la que amé pero creo que ya no me amaba igual.
Todo en esta vida se acaba, pero esto se acabó muy pronto. No obstante, en la tierra quedan las marcas de todo lo que pasó, y yo me encargaré de contar la historia siempre. La historia de cuando la rana y el helecho hicieron de este río su hogar.
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